
Invitación a la Meditación
ESP · Delante de los ojos del pintor se extiende el paisaje hacia el infinito. No basta con una simple copia del juego matinal entre colores, formas y virtudes de la naturaleza. Los sentidos están concentrados al máximo, mientras la luz y la sombra se encuentran involucradas en una lucha indeterminada hasta llegar a un equilibrio de plena armonía. Poco a poco el cuadro coge forma y grandeza. Diferentes tonos de verde se aglutinan y encuentran su contrapeso en un rojo tímido. La obra está dominada por una expresividad, aunque espontánea, segura en su mensaje. No hay corrección en su trazado. Horas de estudios de la naturaleza, emparejadas con una meditación sutil delante del objeto, culminan en una pintura al aire libre con el fin de llegar a un orden creativo.
Como dice el pintor: ”El cuadro tiene que formar un conjunto de colores, luz y sombra. Lo importante es que se llegue a una profundidad mediante la aceleración de colores cálidos y fríos.”
El cielo se sumerge en tonos de azul cobalto y ultramarino, para culminar en una ruptura de un rosa sincronizado. El ”sonido” de colores se acelera a otra dimensión, para buscar su relajación en un ocre o Terra de Siena en una parte muy concreta del cuadro. En el centro de la obra, el amarillo cromo está sujeto por un violeto muy claro y brillante. El frío del cielo, sumergido en la calidad parte inferior del cuadro, sufre una tímida erupción en el centro, creando un hálito de tensión. La mirada clavada aquí, para buscar rápidamente el contrapeso de otros colores más tranquilizantes.
Para Erich Weger-Wladimir, cada una de sus obras debe invitar al juego activo entre colores vivos y reservados, formas concretas o abstractas, superficie y profundidad. El arte es espiritualidad y requiere del pintor, igual que del que lo contempla, un máximo de concentración. En cada obra se reflejan los cincuenta años de intensos estudios y trabajo, y el deseo de transformar cada vez de nuevo, una parte de la naturaleza en una forma más expresiva y sufrida.
Los años de estudios de Bellas Artes en la Universidad de Berlin despiertan el deseo de dedicarse con toda su alma a la pintura. Su profesor, Karl Schmidt-Rottluff, ya ve en el pintor Erich Weger-Wladimir una gran esperanza como artista consecuente, firme y vanguardista. Ya sean óleos, dibujos a lápiz o el uso de tinta china, con los años, el pintor desarrolla un estilo muy personal y característico. Se convierte en pintor de exteriores, amante de la naturaleza y de la vida cotidiana. Blanco y negro – luz y sombra, colores muy vivos – tonos muy fríos, el rojo en sus distintas facetas al lado de un azul, luchando con un marrón muy cálido sobre un verde olivo de tierras españolas, creando en todas sus obras esta tensión indomable en búsqueda de una armonía eterna.
Invierno 1945. Ultimos dias de la guerra. La caravana de los refugiados en camino hacía Alemania se encuentra en medio del campo de la batalla. Los caballos se desembocan y se rompen las patas en un charco de sangre. Su relinchar se asemeja al grito de los niños. Recuerdos que se transforman en objetos muy concretos Los pensamientos configuran el esquema en formas plásticas para proyectar el puente en mitad del cuadro. Pilares de hierro reventados, tapados por un blanco oscurecido perforan las nubes amenazantes. La tormenta, aún lejana amenaza con un negro y marrón. La lucha por la supervivencia del hombre y el animal en una naturaleza indomable y hostil, cojo dramatismo.
Cuando el Rey Gilgamesh se levanta de su yacija, el sol ilumina su cabeza para engrandecerle con una sombra proyectada más allá de los mellizos Tigres y Eúfrates. Sus hermanos Coyote y Chacal, bajan juntos con él por la sierra desierta, para dar conocimiento al hombre de su llegada.
Subiendo los últimos escalones del ziqqurrat de Uruk, el sol quema en la cara el pintor. A kilómetros de distancia se acerca el polvo de un tímido torbellino en este desierto rocoso de Irak. Uruk y Badtibira, el olvidado y maltratado Jardín de Edén, devastado por guerras sin piedad, encuentra en Babilón (Babylon) los esfuerzos de un nuevo comienzo.
Meses de intenso trabajo se reflejan en colores suaves y transparentes. Atrás queda la oscuridad de los monasterios, con su profunda y melancólica soledad de Novgorod y Sagorsk, o la tundra escandinava.
Sombra de objeto y sombra proyectada, como una difusión de los colores, algo hasta entonces nunca visto con tanta claridad, marcan en adelante la obra del artista. España sufre su continuidad en esta nueva experiencia.
El acantilado cantábrico emerge en el reflejo del mar azulado, sus rocas confluyen en un pasto verde y profundo. El rojo purpúreo de la meseta lanza su red sobre una tierra cálida e infinita. Monolitos de ricos contrastes de culturas ancestrales pesan sobre la pintura. Colores de pastel juegan con los almendros de la primavera. De las tierras de secano, bajan los primeros rayos del sol ardientes para dar vida a los valles de Cataluña.
Aquí se cierra el ciclo. La luz encuentra su destino - la obra del pintor su culminación. La naturaleza invita cada día de nuevo a la meditación para activar la creatividad del pintor por tanto esplendor.
Thomas Weger